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Pusilánimes, con la frente marchita. Featured

AUTOR  Carlos Maggi
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"Linda expresión "pusilánimes" para definir y usar como cómplice del quede y la mufa que abundan en la costa sur del Uruguay."

 

 

La columna de Carlos Maggi.

 

Dice Vaz Ferreira que así como los cirujanos desinfectan sus instrumentos antes de operar, los escritores deben definir sus palabras antes de escribir.

Linda expresión "pusilánimes" para definir y usar como cómplice del quede y la mufa que abundan en la costa sur del Uruguay.

Pusi quiere decir chico. Así que estamos hablando de las personas que tienen el ánimo achicado.

La economía anda bien, estamos en un largo período de bonanza, a tal grado que la gente se queja de la cantidad de automóviles que llenan las calles y de la cantidad de motociclistas que insisten en darse porrazos. En los restaurantes hay que pedir mesa con anticipación lo cual es incómodo para quienes atienden el teléfono (es un trabajo más por el mismo sueldo) y por si fuera poco están los que llegan tarde y se malhumoran o se empacan en quedarse y merodean entre las mesas y miran fijo a los comensales; a quienes la situación les resulta un tanto violenta.

Hace unos veinte años se registraban los primeros indicios de la pusilanimidad y escribí un libro titulado "Manual para doblar Melancólicos". Pero en ese tiempo éramos pobres, no plantábamos soja, ni teníamos celulosa en cantidad creciente, ni hierro en una mina más grande que el país.

Esto de ahora no tiene nada que ver con la bilis negra de la tristeza, que los griegos llamaron melancolía (mal encono); esto que estamos viviendo, se parece al miedo por el lado de no animarse. Tenemos capitalinos en escabeche, ahítos de vinagre.

Compruebo la siguiente paradoja: después de ocho años de bonanza, cuando el país registra un crecimiento mantenido como nunca hubo, la capital del país se ve más decaída que nunca.

Hay resistencia a percibir lo bueno.

Que se compren 40.000 autos por año hace que los pobres accedan a 40.000 usados que en degradé, llegan a ser cachilas, pero que siguen andando. La abundancia automotriz recorre toda la escala social y sin embargo, nadie la festeja. Tener auto agranda la familia.

Toda gula provoca gordura sin perjuicio de lo cual, cuando el cuerpo come, agradece y da placer; y sin embargo los restaurantes se llenan de hombres comilones y de señoras liberadas de cocinar y lavar la vajilla, que pese a eso tragan fastidiados por la aglomeración, la tardanza de los mozos o los filets demasiado crudos.

El mundo está perturbado por las crisis financieras que amenazan grandes catástrofes. Nadie le puede pagar a nadie; EE.UU. avisa que está al borde del default y sufre una desocupación (10%) que es el doble del desempleo uruguayo (5.5%). En Europa, Grecia, Portugal, Italia, España están en la cuerda floja.

Todo debiera llevarnos a pensar como canta "La Brisa", que somos "campeones de América y del mundoooo…". Pero no. Montevideo festeja una noche y al otro día ya no se siente ganadora de nada, sigue emperrada.

El Frente tuvo muchos años para explicar qué quiere y para ponerlo en práctica; tuvo mayoría y mandó y mostró lo bueno y lo malo que puede ofrecer. Y sin embargo, la horrible Montevideo, vieja, ajada y amargada, secó aquella fuente de frescura que tuvo el Frente al nacer. Ahora pelean los unos contra los otros, quejosos. Mutis: mudos y salidos de escena.

La falta actual de alegría es el luto de la victoria; el gran reproche. La mayoría de los montevideanos se niega a ver el lado bueno; y la coalición cruje entre malestares.

Hago una pausa. Muy seguido, mirar la Argentina predice nuestro futuro. La presidenta Cristina le dio todo a sus descamisados (luz, agua, teléfono, gas, TV, una vida subsidiada) y cuando llegó la hora de la gratitud, los porteños votaron a Macri, que le pasó por arriba al peronismo de la señora.

La clientela política es ingrata. Y hay una razón de fondo para que así sea. Los más infelices solo tienen otra manera de superar su situación: aprender; hacerse capaces de hacer "algo" bien.

Hace muchos años que los prohombres de la política se olvidaron de formar a sus seguidores. Ningún partido cumple su labor docente, que es la primera función de un conductor en democracia.

Quienes dan cosas y no dan formación, incuban el abandono. Un conductor verdadero provoca entusiasmo y verdadera adhesión, despierta la capacidad de creer.

Las dádivas recibidas ofenden y engendran un sentimiento parecido al rencor. Cuantas más ventajitas se reciben, más se siente la diferencia: el beneficiado sigue siendo tan pobre como antes.

El gobierno que toma el camino de asistir se obliga a dar cada vez más. Pero por grande que sea la limosna nunca llega a dignificar a los clientes.

Lo que importa en política es levantar el ánimo, tonificar al que se ve vencido; recomponerlo.

El novecientos fue eso. La gente que se vio aliviada de las guerras civiles y de pronto se sintió protagonista de un modo nuevo de convivir, en el cual cada uno contaba. Estrenar la paz fue inolvidable; personalizó.

La gente dice "ganamos" cuando su cuadro golea; se considera parte del triunfo. Eso es lo bueno.

Dígame quién dice ahora "hicimos" un aeropuerto hermoso. ¿Quién dice en esta ciudad, patria de desilusos?

-Teníamos 12.000 millones de producción al año y ahora producimos 40.000 -lo comenta el ministro y nadie lo siente como suyo. Hay un rechazo al viento favorable, que impide ser coautor.

Cuando algo resulta portentoso como lo es el boom del agro, las opiniones mayoritarias en Montevideo (no así en el interior) están divididas: una mitad dice que esa bonanza va a terminarse y la otra mitad pide imponer tributos para que no siga como viene.

Hay algo escondido en esta actitud contraria al regocijo: sucede que muy pocos montevideanos están integrados a los buenos tiempos. Participar en la bonanza implica hacerse responsable.

Las reglas de este juego en el cual nos va bien, le incomodan a los fanáticos de la ideología.

La ideología del marxismo más la ideología del batllismo no previeron este fenómeno benefactor, ajeno al Estado.

El capital (tan lleno de horrores y turbulencias) es inevitable y el Estado tan sobrado de poderes y cortapisas, resulta mero testigo de una maravilla económica. La época impuso su protocolo: el capital crea.

La obligación es vivir esta fiesta de nuestra economía, que merece jugarle a favor y sentirnos llevando un trofeo.

Yo sé: estamos demasiado metidos en el mundo mortecino del subdesarrollo, pero esa convención es incompatible con lo que está sucediendo. Los pusilánimes aconsejan no ver, no oír y no hablar. ¡Cuánta vejez!

Hay que ser valientes; hay que meterse hasta el fondo, en la responsabilidad del júbilo; hay que cambiar la mente de sub a mente emergente.

Cobrar conciencia: este acontecer es una elección existencial, es entrar a nuestro tiempo. ¡Podemos! Y eso impone pensar da capo, con audacia.

Todo indica que una nueva generación se hará cargo del entusiasmo que debiéramos tener y no tenemos.

En fin, pienso que los acoquinados de hoy rechazan al optimismo porque ser un optimista radical implica hacerse cargo de lo bueno y no poder quejarse y echarle la culpa el juez.

Last modified on Saturday, 27 August 2011 06:20

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